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Sábado, 09 de enero de 2010
José María Suárez Gallego
Publicado en
número 103, edición de diciembre de 2009.

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Consubstanciales al verano, descaradamente voraces y vulgares, las moscas, como escribió don Antonio Machado --el profesor de Baeza--, en el sopor de la tarde siguen sin labrar como abejas ni brillar cual mariposas. Evocadoras, sí, de librotes cerrados de mecánica cuántica, cartas de amor – ¡qué tiempos aquellos cuando escribíamos nuestros nombres en el vaho de las mañanas, encaramados al último sorbo de corazón que nos quedaba por beber en el vaso largo de la noche!--; moscas evocadoras de los párpados yertos que le florecían a las tardes muertas en las que invocábamos al dios de los palíndromos.
Una de las maldiciones más perversas que he oído es aquella que esgrime la puñalada trapera del envidioso malvado: “Permita Dios que veas tus sueños realizados”, que en versión mística ya nos lo había dicho Santa Teresa, entre éxtasis y éxtasis: “Más lagrimas provocan las plegarias oídas que las no atendidas”. Pero motivos debió tener de sobra San Simeón el Estilita, aquel casto varón que se pasó cincuenta años en un desierto, encaramado a una columna para purgar sus pecados, como para que en un rapto de debilidad espiritual provocada por el ayuno puro y duro del anacoreta cabal llegara a la conclusión de que es la envidia el único de los pecados que no produce placer.
Cabrear “in extremis” a los resentidos, cuando ya se tiene bien asumido que “el silencio de los envidiosos hace mucho ruido”, es una de las lecciones magistrales del navajeo político-folclórico que se nos lleva impartiendo desde hace tiempo siguiendo el modelo instaurado hace unos años por la cátedra esperpéntica del ayuntamiento de Marbella: “Sonríe con todos los dientes. Dientes, dientes… Eso es lo que les jode”, le decía por lo “bajini” la tonadillera a quien fuera alcalde, minutos antes de dejar de serlo.
Me miro al espejo y veo que mi bigote oculta totalmente mis dientes, y siento entonces una malsana y descafeinada envidia de los que para recortárselo cada mañana afilan las tijeras con la piedra mágica de hacer realidad los sueños más inconfesables.
Decididamente y con urgencia hay que proclamar a la mosca cojonera, por su inestimable contribución a la evolución integral del ser humano, como patrimonio vivo de la humanidad deshumanizada. Sin ella, y sin los que la imitan, nuestra especie no hubiera desarrollado el sentido de la perseverancia y de la lucha sin cuartel; el “llega quien resiste” de las victorias íntimas. En el fondo, todos aspiramos a convertirnos en la mosca cojonera de nuestras moscas cojoneras, y esa metamorfosis hace que el inquieto potro del destino siga dando corajudas coces en la cuadra de las conciencias.
Impagables moscas que nos mantenéis despiertos y ligeros de equipaje a la sombra estéril de los vanidosos laureles.
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)