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Miércoles, 25 de noviembre de 2009
José María Suárez Gallego
Publicado en diario
el domingo 22 de noviembre de 2009.

Como diría el ínclito Homer Simpson, la Navidad es “omnívora”, tal vez porque ya desde estas fechas tan tempranas comienza a fagocitarnos sin distinción de sexo, raza o estatus social.
El espíritu navideño, surgido en sus orígenes de un sentimiento religioso afincado en el corazón, ha ido en la sociedad de consumo emigrado del ámbito de las emociones entrañables a la banda magnética, o al más moderno microchip, de la tarjeta de crédito. Hasta san Antón pascuas son, se decía en aquellos tiempos que no había cajeros automáticos. Hoy las pascuas llegan hasta las rebajas de enero, en la frontera misma de la fecha en la que Visa nos cobra un nuevo recibo.
La llamada cultura del regalo navideño me resulta a veces incomprensible, imprevisible, incombustible, paranoica, y llegado el caso hasta insensata. Pongo un sólo ejemplo: Si nos sentimos pachuchos y acudimos al médico –mucho mejor si es amigo nuestro--, una vez que le hemos relatado los síntomas de nuestras dolencias, seguro que nos quita del tabaco, del alcohol y de las grasas animales; esto es, las que de toda la vida se han pegado al riñón y al pulmón; las que más nos gustan pese a ser las más insanas. Pues bien, cuando llega la Navidad y pretendemos corresponder a los desvelos que nuestro médico amigo ha mostrado por nuestra salud, le solemos regalar una caja de puros habanos (los Cohíba son una pasada), o una botella de buen whisky (el Macallan de 30 años pasa ya de los 500 euros), o un jamón ibérico pata negra de esos que su tocino perfuma todos los ambientes.
Es decir, acabamos obsequiándole a nuestro médico amigo todo aquello que precisamente él, bajo su criterio de facultativo, nos prohibió unos meses antes pretendiendo mejorar nuestra salud. “Consejo vendo, y para mí no tengo”, que dice el refranero.
Cada vez le voy profesando un mayor fervor al “ligeros de equipaje” de don Antonio Machado, y es por ello por lo que agradezco los regalos que no puedan en modo alguno sobrevivirme. Sobre todo si son exquisitamente digeribles.
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)