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Jueves, 09 de julio de 2009
José María Suárez Gallego
Publicado en diario ![]()

(A Michael Jackson, piadosamente, y a cuantos no nos dispararon porque creyeron que éramos amigos de Gary Cooper)
Mira, paisano, el martes fatídico en el que Manhattan dejó de ser el argumento poderoso y trepidante de la encíclica en blanco y negro que nos escribiera en treinta y cinco milímetros Woody Allen, yo andaba a las tres menos cuarto de la tarde dándome un sabaneo de reflexiones tabernarias con mi amigo Juanito Caldivache, aquel que las mañanas de agosto --cuando veraneábamos en el mar de Cádiz-- se iba a robar higos chumbos tras las alambradas de la base naval de Rota, y al ser sorprendido por los marines norteamericanos levantaba las manos y les gritaba: ¡No disparéis, no disparéis que soy amigo de Gary Cooper!, porque Gary Cooper, paisano, según mi amigo, tal vez haya sido el mejor prototipo de todos los americanos del norte heroicos, abnegados y cabales que en el mundo han sido. Memorables fueron sus papeles de soldado defensor de libertades o de sheriff justiciero en Adiós a las armas (1932), Beau Geste (1939), Sargento York, (1941), ¿Por quién doblan las campanas? (1943), El árbol del ahorcado (1959) y Solo ante el peligro (1952), películas que me ha relatado hasta la saciedad mi amigo Caldivache entre tintos con gaseosa y cucharros de aceite con bacalao.
Aquel martes, 11 de septiembre sombrío, tan lóbrego y tétrico como aquel otro 11 de septiembre en Santiago de Chile cuando Amanda se quedó esperando a Manuel frente a la fábrica –la vida es eterna en cinco minutos--, a las tres de la tarde la CNN nos traía al televisor de la taberna los versos de Federico García Lorca: “La muerte / entra y sale / de la taberna. / Pasan caballos negros / y gente siniestra / por los hondos caminos / de la guitarra.” Las Torres Gemelas ardiendo despeñaban desde el cielo los versos de Federico: “La aurora de Nueva York tiene / cuatro columnas de cieno / y un huracán de negras palomas / que chapotean las aguas podridas. / La aurora de Nueva York gime / por las inmensas escaleras / buscando entre las aristas / nardos de angustia dibujada.”
Bien sabes, paisano, que mientras le damos cuerda al tren de nuestras vidas todos los fanatismos irán devorándose unos a otros, por eso, trágicamente, nunca falta un fanático integrista que se convierta en la mosca cojonera del mundo "civilizado" de Gary Cooper, ni un yupi despiadado de Wall Street que desde su teléfono móvil siga comprando y vendiendo a precio de saldo las acciones del hambre y el miedo de los que nada tienen. Otra vez Federico en Nueva York: “Si me quito los ojos de la jirafa, / me pongo los ojos de la cocodrila.” Mi amigo Caldivache, que no ha leído a Lorca, te lo diría así: “Una patada en la entrepierna duele muchísimo, sobre todo cuando es tu entrepierna la que patean”.
Pero que hable de nuevo Federico, paisano: “Nueva York de cieno, / Nueva York de alambre y de muerte. / ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? / ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?” Irremediablemente “el rey de Harlem con una cuchara, arrancaba los ojos a los cocodrilos” hundido en un grito: ¡No disparéis, no disparéis que soy el alma de Gary Cooper!

Cuchara con la que el rey de Harlem le arrancaba los ojos a los cocodrilos .
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)