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Jueves, 18 de diciembre de 2008
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
, en el número extraordinario de Navidad 2008)
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Ligero de equipaje, fotografia de A MaC, 2007.
La cultura del regalo navideño es tan incomprensible, imprevisible, incombustible y paranoica, como insensata. Pongo un sólo ejemplo: Si nos sentimos pachuchos y acudimos al amigo médico, una vez que le contamos la película de nuestras dolencias, fijo que nos quita del tabaco, del alcohol y de las grasas saturadas. Esto es, las que se pegan al riñón y produce con todo amor el hermano cerdo, que diría el seráfico San Francisco de Asís. Se quiera o no se quiera el sabor está en la grasa, que dicen los gastrónomos con fundamentos dietéticos. Pues bien, cuando llega la Navidad pretendemos corresponder a los desvelos de nuestro médico regalándole una caja de puros habanos (los Cohíba son una pasada), o una botella de whisky de marca (el Macallan de 25 años está ya por los 380 euros), o un jamón pata negra de los del tocino tirando a rosa. Es decir, acabamos obsequiándole todo aquello que él, bajo su criterio de facultativo, nos prohibió semanas o meses atrás, pese a tenernos por amigos de él.
Como diría el ínclito Homer Simpson, la Navidad es “omnívora”, no sólo porque nos fagocita a todos sin distinción de sexo, raza o estatus social, sino porque está presente en todas partes durante estas fechas; con toda su carga de alegría forzada, compras compulsivas y ausencias irreparables.
El espíritu navideño, surgido en sus orígenes de un sentimiento religioso afincado en el corazón, ha emigrado del ámbito de los sentimientos para quedar grabado en la banda magnética de la tarjeta de crédito. Hasta san Antón pascuas son, se decía en aquellos tiempos que no había cajeros automáticos. Hoy las pascuas llegan hasta las rebajas de enero, en la frontera misma del próximo recibo de la Visa antes de que la hagamos naufragar en los huracanes de la crisis.
Mi amigo el Caliche, que ya va para viejo y no ha leído a Antonio Machado, me hablaba el otro día sobre los regalos de Navidad. Saque en claro, después de oírlo, que muy bien pudiera presidir un colectivo denominado “ligeros de equipaje”, entre cuyos fines contemplara que sus miembros no aceptaran jamás regalo alguno que pudiera sobrevivirlos. Sólo aquello susceptible de ser metabolizado por el corazón de querernos, o el estómago de digerirnos.
Acude el Caliche a mi casa con una garrafa de aceite de esta cosecha, a modo de regalo de Navidad. “Y que no te sobreviva”, me dice. Tras su color verde intenso adivino la sangre vegetal y saludable de los olivos como gritos que menciona Federico García Lorca en sus versos.
Cada año que pasa, durante estas fiestas, aumento la nómina de cosas que no necesito, ni me hacen falta. Todas ellas, por cierto, no digeribles y dispuestas a sobrevivirme.
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)