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Sábado, 25 de octubre de 2008

Impagable comemarrones

José María Suárez Gallego   José María Suárez Gallego 

Publicado en diario Diario Jaén el domingo 26 de octubre de 2008

La tortura del chivo expiatorio, actual

Le he leído a Gabriel García Márquez que el ser humano no nace definitivamente el día que su madre lo alumbra, sino que se ve obligado a parirse a sí mismo una y otra vez a lo largo de su existencia.  

Estos autopartos coinciden con épocas cruciales de la vida. Así, a los veintipocos años uno está dispuesto a “comerse el mundo”; a los treinta y algo ya sabe de sobra qué mundo se ha de engullir; llegados los cuarenta hace lo indecible para que el mundo elegido no se le indigeste; y a los cincuenta y pico trata por todos los medios que no le vomiten encima los mundos atragantados de los demás. A los sesenta y cinco, según he visto en mi contertulio el Caliche, felizmente jubilado ya, se vive para paladear lo poco que nos han dejando del mundo que un día pretendimos comernos. 

Esta trayectoria vital tiene su reflejo en el concepto que se va teniendo de la amistad según nos vamos pariendo. Hasta los treinta años estamos convencidos de que el mejor amigo del hombre es el perro; a los cuarenta y tantos, cuando ya tenemos hijos e hijas en edad que lo saquen a pasear, descubrimos que el mejor amigo del hombre es en realidad el jamón –el ibérico partido en lonchas finas como Dios manda--. Pasado ya el ecuador de los cincuenta, uno descubre, cuando intenta sobrevivir en el mundo de los demás, que el verdadero amigo del hombre no es otro que el chivo expiatorio. Esto es: el que se come los marrones de  la incompetencia ajena; el que inmolamos para tapar las vergüenzas colectivas; ese que se sacrifica ante la cobardía de no hacernos el harakiri para purgar nuestras íntimas culpas. 

En tiempos de crisis asistimos atónitos al espectáculo de ver cómo los que se han arrogado el mérito de haber engordado las vacas, son los primeros en buscar chivos expiatorios y comemarrones que paguen por haberlas hecho enflaquecer con el forraje que ellos mismos envenenaron. Por lo visto, escasa vez coinciden los que se comen el jamón, los que se comen los marrones, o los que son mordidos por el perro. ¡Puta crisis! 

www.cronistadeguarroman.es



Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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