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Viernes, 22 de agosto de 2008
José María Suárez Gallego
Publicado en diario
el domingo 24 de agosto de 2008

Nada más que acabé de ver la retrasmisión de la ceremonia inaugural de los juegos olímpicos de Pekín, que están ya próximos a ser clausurados, sentí un desasosiego interior que podría transcribirse, apropiándome del verbo sabio de mi contertulio el Caliche, como un “canguelo existencial”. Un escalofrío, a modo de presentimiento gélido, recorrió todas mis neuronas mientras iba deglutiendo el aviso a navegantes que subliminalmente se nos había dado desde el tipismo tópico del llamado “gran dragón asiático”. Una cosa me había quedado clara, no obstante: Los chinos, durante toda la ceremonia, no dejaron de mostrarnos, apoyándose en imágenes y sonidos de su pasado, las aristas y los vértices de su futuro. Un metáfora de atrezo: En la China que despierta al capitalismo de estado, después del letargo de la revolución cultural de Mao y la apertura de Deng Xiaoping, el que no corre vuela, y a ser posible “echando chuscas”, como hizo el ex atleta chino Li Ning hasta encender la llama del pebetero.
La imagen de 2008 tambores de luz, que lucían al ser tocados por otros tantos chinos sincronizados matemáticamente, contando con precisión de reloj digital los últimos sesenta segundos hasta llegar a las ocho horas y ocho minutos, del día ocho, del octavo mes, del año ocho del nuevo milenio –la hora del dragón de la suerte--, tenía más de parábola futurista que de espectáculo circense: El tiempo y la tecnología pueden ser dominados por el ser humano, siempre que éste doblegue su voluntad en “armonía sincrónica” con el “supremo mecanismo” que mueve el “Padre Estado”.
En una palabra: Los chinos son capaces de hacer mucho, a cambio de poco, sin dejar de aspirar al perfeccionamiento de hacerlo mejor. Sacrificio, disciplina y esfuerzo sincronizados en lo social, lo económico y hasta en lo mental y personal --¡si Orwell levantara la cabeza!--, parecen ser las briznas con las que se ha construido el nido en el que se ha incubado el dragón que nos ha de devorar en cuanto apaguen la gran antorcha.
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)