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Sábado, 05 de abril de 2008
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Publicado en diario
el domingo 6 de abril de 2008
Uno de los peores males que puede envenenar las entretelas del ser humano es el “espíritu del yogur”, ese que te hace sentir, irremisiblemente, que estás caducado según la etiqueta que envuelve tus michelines indecentes y tus abominables alforjas sebáceas, puestas a prueba por las genialidades del marketing televisivo. Hay que admitirlo: la vida es una aventura de la que nadie sale vivo por mucho que nos vendan en la tele, a altas horas de la madrugada, que las excrecencias tocinarias que nos genera el tinto con gaseosa y las tapas de lomo ibérico, se pueden eliminar enchufando las grasas de tu barriga a seis ventosas y otros tantos cables de colorines por “yonosecuantoseuros”. Yo creo que en el fondo todo esto se reduce a meterse en el meollo cósmico de la jungla del falso Indiana Jones, y aceptar que uno acaba aprendiendo a trancas y barrancas que envejecer dignamente es un arte que se exhibe sin pudor ante los que te quieren bien y sin embargo te apuñalan en sus sueños. Que de todo hay en el navajeo del subconsciente.
Le oí decir a alguien que las personas, como las ciudades, son lo que buscamos en ellas. Y a bote pronto imagino que llegado el caso podemos perdernos en un anhelo, o en un estrechón de manos, en un deseo hecho acera, o en una querencia convertida en esquina. Pero no es menos cierto que la mayoría de las veces son las ciudades las que acaban perdiéndose en la complicada geografía que delimita nuestras frustraciones y demás zarandajas inconfesables. En el fondo, en nuestras ciudades lo que acabamos buscando siempre es un aparcamiento, y a ser posible no pisar las mierdas del perro de nuestro vecino, que como un cometa sideral sabe como nadie hacérselo en el lugar y a la hora precisa que pasamos en busca del urgente eclipse total de nuestras almas.
El bolero que compuso Armando Manzanero, y cuya letra dice aquello de “esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú” –toda una imagen sonora de personas perdidas en ciudades, y viceversa-- nos puede definir el síndrome que padecen quienes más que gozar con el deseo propio de “estar”, lo hacen con la circunstancia de que otros “no estén”. La pasión del mediocre por el ninguneo ajeno.
En las ciudades perdidas muchos hemos aprendido, algunas tardes de lluvia que la gente corría, a buscar en los bolsillos de la trenca las manos más abiertas de nuestras ausencias. Sin darnos cuenta hemos envejecido con cada esquina que le hemos robado a las canciones de Sabina. Ser, más que estar, amigo Sancho. De eso se trata.
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Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)