Lunes, 14 de enero de 2008
José María Suárez Gallego
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Publicado en diario 
Mira, paisano, esos números con los que nos suele recordar periódicamente la oficialidad que somos encantadoramente vulgares en una sociedad descaradamente corriente y moliente, esos números que llaman estadísticas, me dicen últimamente que vivo en un pueblo –Guarromán— con la media de edad más joven de Andalucía, y en una provincia –Jaén— con la media más vieja. Y yo, al mirarme frente al espejo de cantar por las mañanas mientras me afeito, me percato entonces de mi condición estadística de cateto joven y provinciano viejo. Esto, más que un contrasentido, paisano, es todo un motivo de orgullo: ¡ya era hora que mi pueblo y mi provincia fueran los primeros en algo!

Los que nos sentimos socialmente estándar, españolitos medios y andaluces medios, sabemos que nuestro destino estadístico medio es aspirar a que nos toque una primitiva millonaria para poder repartir a diestro y siniestro cientos de cortes de mangas dedicados a nuestros vecinos chinchorreros, a los parientes coñazos, a los jefes impresentables, a los políticos infumables, a los intolerantes de medio pelo y, en general, a todos nuestros congéneres con rango de pendones sociales. La estadística, paisano, es esa extraña ciencia con la que nos calientan el deseo de sentirnos diferentes cada vez que comprobamos que somos unos mirlos negros –algunos con vocación de pájaro de mal agüero-- en un corral de mirlos negros. El mirlo blanco, bien lo sabes paisano --tú que ejerces de montaraz y serreño-- sólo existe en el refranero.
Las gentes estadísticamente sensatas acabamos creyéndonos que somos estadísticamente inmortales, de ahí que sin prisas, pero sin pausas, nos acomodemos sin rechistar a la rutina diaria y nos quedemos agazapados en ella.
Tal vez sea por esto por lo que hoy en día se le tenga más fe a las loterías de la Onlae que a los asuntos de Dios, y eso que es más fácil –según el cálculo de probabilidades estadísticas— que se nos aparezca la Virgen que nos toque una primitiva con bote. Hemos dejado de santificar el domingo en las iglesias, para glorificar los lunes haciendo cola en las administraciones de loterías, sobre todo ahora que ya tenemos asumido que las cosas que nos importan en nuestra perra vida siempre suceden en nuestra ausencia, de ahí, paisano, que nunca se nos aparezca la Virgen del mismo modo que nunca nos toca la primitiva.
Mi amigo y contertulio de ligailla Juanito
Caldivache, que no es consciente que vive en un pueblo estadística joven, ni en una provincia estadística vieja, suele decir desde su enfermiza afición a las películas de Gary Cooper y al mundillo de los toros, que se comienza a tomar conciencia de que se es viejo cuando uno le va teniendo querencia a buscar –como el toro herido— las tablas más próximas al chiquero para echarse. Es esa edad en la que después de haberse tomado dos copas de vino uno se siente filósofo y se deja seducir por el vértigo existencial. Es decir, se comienzan a pronunciar –en palabras de mi amigo
Caldivache— tonterías mayúsculas. Bien que lo dijo usted –me reprocha— que en esto de la vida no hay un principio ni un final, sólo una pasión infinita por vivirla. Lo mejor es no meterse en vericuetos, que la vida como las ollas también tiene dos asas, y siempre por una se es más manejable que por la otra.
Los que somos a un tiempo
catetamente jóvenes y
provincianamente viejos, paisano, nunca llegamos a enterarnos del todo si el
¡vaya mierda! escrito en la ya polémica tinaja de Jaén, se refería a la obra de mi buen amigo Paco Tito, o a la rancia y castiza intolerancia con que se la está llenando. Pero todo esto, paisano, como la estadística y las lágrimas oficiales, forma parte del laberinto de las palabras. Lo dicho: ¡Ya era hora que mi pueblo y mi provincia fueran los primeros en algo!
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