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Domingo, 08 de abril de 2007

La memoria del estómago

José María Suárez Gallego
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(Publicado en ; el domingo 8 de abril de 2007)

La gastronomía, pese a que la palabra que la define no cuenta con más de un siglo y medio de antigüedad, es tenida hoy en día como un arte inmemorial que han ejercido todas las civilizaciones que en el mundo han sido. Bien es cierto, en honor a la verdad, que el sabio Platón no compartía la misma opinión cuando afirmaba que la cocina, madre primigenia que nos engendró la gastronomía, no tenía la consideración de arte, y que en el mejor de los casos habría que considerarla como una simple costumbre arraigada, fruto del hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas, y cuyo objeto no era otro que procurarnos a los humanos el sustento vital.

Platón, sin duda, no hizo otra cosa que definirnos de forma pragmática y sin un ápice de pasión la cocina tradicional. Pero desde el respeto a sus venerables y sabias barbas, desde la reverencia a la eminente calva en la que se acuñaron los marchamos de la cultura occidental, y desde la mucha querencia y respeto que le profesamos a las cosas del comer, estamos más por la labor de aceptar, sin más, que la cocina es el arte de elaborar los guisos de forma grata al paladar, mientras que la Gastronomía –con mayúscula-- es la ciencia de saber disfrutar de ellos con todos los sentidos. Sin menospreciar al maestro Platón, nos ponemos al lado del pensamiento del sabio Aristóteles cuando nos afirma en su Metafísica que “el principio de todas las ciencias es el asombro de que las cosas son lo que son”. De esta forma, y a través del asombro que nos produce todo el paisaje de sabores de un plato, por sencillo que sea su elaboración, descubrimos a través de la Gastronomía --ciencia de cómo gozar de los alimentos--, que lo bueno acaba siendo fruto de la tradición; lo verdadero termina por emanar de la filosofía; y que el arte surge a borbotones de la cocina cotidiana. La Gastronomía, pues, a través de la práctica culinaria, acaba relacionándose íntimamente con la agricultura, y desde ella se enraíza en la tierra, principio cultural de todos los pueblos. Y es desde esta perspectiva cuando se hace cierto el viejo adagio: “Decidme que coméis, y os diré que sois como pueblo”.

El estómago, que no entiende de filosofías, posee una memoria rencorosa y vengativa que nunca olvida los agravios del hambre, de ahí que sea tan difícil explicar porqué a quien da de comer al hambriento le llamen santo, con veneración; y al que pregunta por las causas del hambre del hambriento, le llamen rojo, con bastante reconcomio.


Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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