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Viernes, 30 de marzo de 2007
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
, sección "Pimienta molida", el viernes 30 marzo de 2007.)
Comer es, ante todo, un derecho que se ejerce de forma desigual en este mundo cruel que soportamos, en el que la mitad de los humanos se muere de hambre vergonzante, y la otra mitad --la de la opulencia impresentable— se ahoga en colesterol, ebrios de progreso. Comer, queda claro, es un derecho irrenunciable para poder decir que seguimos vivos, aunque sea malviviendo.
Comer mal es una soberana temeridad. Injusta para aquellos a los que le falta el condumio; revestida de estupidez para aquellos otros a los que le sobra la diaria pitanza. En definitiva: Comer bien es, sobre todo, una obligación apoyada en la justicia y la sensatez.
El gran Antonio María Carême (1784-1833), el francés que es tenido en la Historia como "el cocinero de los reyes y el rey de los cocineros", inventor en su juventud del merengue y el crocantis, escribía a propósito del desplome del Imperio Romano, y de como se apagó, allá en el siglo V ante las venerables barbas de San Crisóstomo, toda una civilización que había dominado el orbe conocido: "Cuando ya no hubo cocina en el mundo, tampoco hubo literatura, inteligencia elevada y rápida, ni inspiración, ni idea social". Fue el momento en el que Atila entró a saco con los hunos, y los otros también, en la vieja Europa, y el buen comer, con sus entresijos culturales, hubo de refugiarse en las cocinas de los conventos y pasar la noche del Medievo.
En esta tierra, hoy por hoy, tenemos poetas que canten nuestra cultura; músicos que le pongan ritmo y compás; artesanos de primera; aceituneros altivos que trabajen el tajo olivarero; juntas rectoras de cooperativas con más buena voluntad que conocimiento, sea dicha la verdad; empresarios avispados; políticos toreros que dan capotazos a diestro y siniestro; filósofos de taberna que siguen buscando el sur; una universidad aún incipiente a la que nos encomendamos; guisanderos afamados; gourmets empedernidos... Sólo nos faltan los intrépidos gerentes que sepan vender todo lo bueno que tenemos y producimos, para poder, de este modo, seguir con los fogones encendidos: los de las cocinas, pero sobre todo los de la máquina que mueve nuestra economía, y nos mueve a todos. Eso, aunque parezca mentira también es cultura, y sin ella será difícil que subsista la otra, la que nos refiere el gran Carême y vio caer San Crisóstomo bendito.

Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)