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Domingo, 04 de marzo de 2007

El vino: Mito y rito

José María Suárez Gallego
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(Publicado en ; el domingo 4 de noviembre de 2007)

Los monjes del medievo, que tanto sabían de claustros, bodegas y lagares, en sus silencios de cartujos aplicados nos dijeron que confiáramos antes en el eructo de un beodo que en la oración de un hipócrita. Un contemporáneo de ellos, el persa Ibn Sina, más conocido en Occidente por Avicena, fue más contundente al dejarnos escrito en su famoso "Canon de Medicina" un comentario como éste: "El vino es el amigo del sabio y el enemigo del borracho. Es amargo y útil como el consejo del filósofo. Está permitido a la gente y prohibido a los imbéciles. Empuja al estúpido hacia las tinieblas y guía al sabio hacia Dios"

Pero hay quienes, pese a todo, entorno al vino han venido orquestado históricamente una contracultura de la hipocresía. Han sido los puristas de siempre. Aquellos que creyéndose talibanes del “purismo puritano” han infectado con sus sandeces hipócritas todas las disciplinas, todas las doctrinas y todas las artes que propugnan la felicidad.

Esta hipocresía frente al vino y a sus efectos, el pueblo llano, desde su tabernismo desharrapado de tinto peleón y pan duro, la ha incorporado a su cultura popular a través de demoledoras canciones:

“Cuando un pobre se emborracha
con un rico en compañía,
lo del pobre es borrachera
y lo del rico alegría”.


Al andaluz universal Lucio Anneo Séneca, ejerciendo de gastrósofo, no le dolieron prendas escribir al respecto : “El vino lava nuestras inquietudes, enjuaga el alma hasta el fondo y asegura la curación de la tristeza”. Afirmación que haría suya en toda su extensión, casi veinte siglos después, el médico y humanista Gregorio Marañón: "Los médicos, cuando se nos ha pasado la hora de la pedantería juvenil, sabemos que todas las enfermedades, las reales y las imaginadas, que son también muy importantes, pueden reducirse a una sola: la tristeza de vivir. […] La eficacia del vino en esta lucha contra el tedio es incalculable”. Y hasta sir Alexander Fleming, premio Nobel de medicina y descubridor de la penicilina, se atrevió a decir en su viaje a España en 1948: “Ciertamente la penicilina cura a los hombres, pero lo que los hace felices es el vino”.

“Donde no hay vino no hay amor”, dijo Eurípides en un rapto de sinceridad, y a ello abogamos para que el vino se le niegue sólo a los hipócritas y a los imbéciles ---lo dice Avicena- que no saben disfrutar de él; y los puntos, más que quitárselos del carné de conducir, habría que dárselos literalmente en los labios, a modo de cosido, para que no puedan beberlo, ni gozarlo jamás.


Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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