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Viernes, 17 de noviembre de 2006

Cocina mediterránea

José María Suárez Gallego
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(Publicado en , sección "Pimienta molida", el viernes 17 noviembre de 2006.)

Cuando el hombre pisó la Luna por primera vez, aquel verano de 69, se nos contó hasta la saciedad lo que los astronautas comían en el espacio: pastillas de colores, líquidos embutidos al vacío en bolsitas de plásticos, y tubos de pasta dentífrica rellenos de vete a saber qué condumio parecido a la leche condensada pero con el colorcillo del “fuágras”.

Lo cierto es que casi cuatro décadas después de aquel acontecimiento, esa forma potinguera de comer es la que nos venden temerariamente, y a bombo y platillo, como lo más moderno y efectivo para que conservemos la línea.

No es una casualidad que fueran en la antigua Grecia y la vieja Roma, sociedades respectivamente creadoras de la Filosofía y del Derecho, las que primero le otorgaran una aureola de prestigio a la personalidad social del cocinero, precisamente las dos culturas mediterráneas que además de bases jurídicas y principios metafísicos enseñaron al Occidente el arte de la parafernalia a la hora de reunirse a comer.

Griegos y romanos, que evidentemente no llegaron a poner un pie en la Luna, pero si cenaban bajo su brillo, conforman, junto a la influencia semita de los árabes y los hebreos, los soportes culturales sobre los que cuece desde hace siglos el puchero en el que se guisa la cocina mediterránea, que es tanto como decir el santo y seña, y primer puntal, de la interculturalidad –no siempre bien avenida-- del Mediterráneo.

El gran triunfo de la cocina mediterránea no ha sido sólo alumbrarle a la cultura sajona de los americanos del norte las bondades de una dieta peculiarmente saludable, sino el que el hecho inevitable de tener que comer todos los días lo hagamos sin vernos obligados a renunciar del todo a los placeres del paladar.

La dieta mediterránea no nos exige sacrificios, como tantos y absurdos planes de adelgazamiento, sino prestarle atención a lo que comemos, y hacerlo, sobre todo, con un mínimo de sentido común.

Hagámosle caso al viejo Hipócrates, el sabio griego que nos alumbró los principios éticos de la medicina, y que hace ya veinticinco siglos nos aconsejaba: “Que la comida sea tu mejor medicina”. Y desde este socaire le revindicamos a los restaurantes el compromiso de poner en sus cartas, bajo la palabra menú, la coletilla de “chuminás, las precisas”. Y lo cumplan.



Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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