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Viernes, 22 de septiembre de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
, sección "Pimienta molida", el viernes 22 de septiembre de 2006.)
He escrito en alguna otra ocasión que la televisión es mucho más convencional que la sociedad que la mira, de ahí que no sean mejores los que critican intelectualmente el programa de “Gran Hermano” que los que lo siguen y lo defienden. Confieso que la otra noche –entono por ello un “mea culpa” implorando la misericordia de los dioses— vi la gala inaugural de la octava edición de este reality show, que como concurso de televisión no tiene otro atractivo que evidenciarnos a través de la morbosa necesidad que todos tenemos de curiosear, juzgar y fantasear con la vida ajena, lo perra y anodina que es la existencia que solemos llevar tras la puerta de nuestra casa.
La vida no es otra cosa que lo que nos pasa a “uno mismo”, si bien hemos de aceptar de antemano que la mayoría de las veces “uno mismo” en realidad son “los otros”, los de la casa de enfrente, en los que descargamos cada mañana al levantarnos toda la mala baba que nos genera la mediocre realidad cotidiana que arrastramos, o nos arrastra.
A los que nos amamantaron con la leche en polvo de la ayuda americana, y ahora ya estamos inmersos en la “crisis existencial de los cincuenta”, del mismo modo que padecimos el sarampión, las paperas y la revalida de sexto, le oíamos decir entonces a nuestros padres hasta la saciedad aquello de “los niños con los niños y las niñas con las niñas” y “tú hijo no te metas en ná”. Cuando íbamos a la mili nos apercibían de que lo mejor era no sobresalir ni por arriba ni por abajo, y sobre todo no llevar el paso cambiado. En una palabra: “No mojarse el culo por nada ni por nadie”. Las niñas, por su parte, debían educarse para llegar a ser hacendosas esposas, buenas madres y, sobre todo, expertas cocineras instruidas con el recetario de la Sección Femenina. De los niños se esperaba que fuéramos tan disciplinados y patriotas como los de la OJE, tan buenos como San Tarsicio, tan campeones como el Real Madrid, y tan valientes y, a ser posible, tan ricos como una figura del toreo.
Pues bien, lo que intuí la otra noche en la gala de presentación del “Gran Hermano”, es que la audiencia mayoritaria y soberana, esos siete millones de jovencitos que manejan como nadie el pulgar enviando “sms”, volverá a hacer ganador o ganadora de esta edición a quien menos se moje el culo, que es precisamente lo que nos aconsejaban nuestros padres en los años cincuenta. Lo de siempre: Cambiarlo todo de tal forma que permanezca igual.
Y la verdad ha sido que al final del programa he sentido un gran desconsuelo emocional. Nunca llegué a pensar que cuando Alfonso Guerra decía aquello de que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió, no nos auguraba ni la “España del talante” de Zapatero, ni la “España va bien” de Aznar, sino una sociedad en la que los mitos huecos de nuestros adolescentes son los que pretenden encumbrarse sin necesidad de arrimar el hombro ni “mojarse el culo”.
Claro está que viendo a tantos universitarios sobradamente preparados mendigando por el mercado laboral puestos de trabajo en los que pagan menos de seiscientos euros a cambio de “echar más horas que un reloj”, no nos resulta extraño que algunos jóvenes opten para sacar el cuello por el atajo del famoseo ofreciéndose como carnaza televisiva.
¿Qué habremos hecho mal los de mi generación, además de seguir sin mojarnos el culo ante la realidad no televisada, esa que sucede a pie de calle, por donde transitan todos los que nos ignoran precisamente porque los ignoramos?

Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)