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Domingo, 06 de agosto de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
; el domingo 6 de agosto de 2006)
Me cuentan de buena tinta que un concejal de una de las ciudades donde la Universidad de Jaén celebra sus cursos de verano, ante la notable falta de concurrencia en algunos de ellos, optó por matricularse junto a su familia, y parte de la del vecino, en los que las inscripciones eran escasas, sin otra intención que la de hacer bulto.
Recurro deliberadamente al Quijote para acogerme al amparo que me ofrece el consabido “de cuyo nombre no quiero acordarme”, y así silenciar prudentemente el topónimo en cuestión, quedándome sólo con el cogollo de la anécdota más que con su escenario. Esta incursión en las citas cervantinas me brinda la oportunidad de sacar a colación las palabras que don Quijote le dice a Sancho a propósito de la necesidad de saber y conocer según qué cosas: “Que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria." (II, 22).
Sorprende saber que el término latino “universitas”, del que procede universidad, definió en un principio, allá por los inicios del medievo, un gremio corporativo que agrupaba a todos los que se dedicaban al oficio del saber, sin otro afán que proteger sus intereses. Aún hoy en algunas universidades, según parece, perdura a modo de síndrome esquizoide la “universitas” gremial y endogámica frente a la “universitas” que trata de dar una dimensión universalista a todo cuanto rodea al ser humano.
Las universidades jovencísimas han de pasar cuanto antes el sarampión que las inmunice contra el “catetismo ilustrado” y cualquier tentación onfaloscópica (técnica de oración que utilizaban los monjes hesicastas de Grecia consistente en contemplar su propio ombligo mientras rezaban), siendo los cursos de verano una de las mejores terapias para acercarse a los asuntos que además de importarle “al entendimiento y a la memoria”, como decía don Quijote, le interesan también a Sancho Panza, al Cura, al Barbero y a la idealizada Dulcinea. Llenar los cursos de verano exclusivamente con doctores, ignorando otras voces del conocimiento por muy prosaicas que nos parezcan, obliga a tener que poner en la nómina académica a los meritorios concejales, y sus honorables parientes, que acuden a las aulas veraniegas con el sólo objeto de ejercer de figurantes y así llenar la tramoya ilustrada de su ciudad.
La universidad de Almería en este asunto ya ha pasado con nota el “sarampión”. Interésese quien corresponda por el bálsamo curativo empleado.

Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)