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Domingo, 11 de junio de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
; el domingo 11 de junio de 2006)
Cuentan que el descubridor de la penicilina, el doctor Fleming, después de haber recibido el premio Nobel de medicina en 1945, hizo un viaje triunfal por España. En Jerez, aprovechando su paso por la ciudad, fue agasajado en una bodega, siendo en ella donde pronunció una de sus frases más afortunadas: “Si la penicilina salva a los enfermos, el vino resucita a los moribundos”. Frase que la he oido en diferentes versiones, y una de ellas extrapolada hacia una generalización gastrosófica: “Al ser humano lo curan las medicinas –y no siempre--, pero lo que de verdad lo hace feliz es lo que se fragua en las cocinas y en las bodegas”.
Es por ello, en pos de la busqueda de una irrenunciable felicidad, un motivo de regocijo el que proliferen jornadas, encuentros, sesiones, cursos o quincenas gastronómicas encaminadas a traernos un poco de felicidad a través del olfato y el paladar, únicos sentidos que ni los norteamericanos, que han ido y venido a la Luna, ni los japoneses que nos han llenado la casa de chismes y trastos electrónicos, han podido grabar, de momento, para posteriormente ser recordado como si se tratara de una película o una canción. Cada plato elaborado es, por tanto, una vivencia única, irrepetible, sólo recuperable del tiempo a través de la memoria humana, es decir, mediante una acción intelectual y voluntaria que, afortunadamente, nos hace poner en su sitio a tantísimo artefacto que en una absurda guerra de lo inerte nos han sido dados para hacernos meros espectadores de nuestra propia vida.
Es al calor de los fogones y al olor de las cazuelas donde nos damos cuenta que un acto de sensatez histórico sería que los gobernantes se plantearan seriamente si no vale la pena subvencionar por la Seguridad Social algunos buenos condumios en vez de copagarnos algunos carísimos medicamentos. Hay quienes necesitan para su equilibrio vital más un plato de buen jamón , cortado a cuchillo como Dios manda, que una caja de inyecciones para un resfriado.
En la Casería de las Palmeras de Jaén los restauradores más señeros de Andalucía se han dado cita en un acto solidario con el Pueblo Saharaui, preparando un excelente menú en lo que bien pudiera denominarse “Cucharas sin fronteras”. Buen yantar y solidaridad no han estado reñidos nunca, sobre todo cuando se deja constancia y se pregona que comer es un derecho irrenunciable, y hacerlo bien en una obligación saludable y de justicia. Felicidades a todos cuantos han participado y lo han hecho posible.
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Este acto solidario con el pueblo saharaui fue una iniciativa que partió de Damian Salcedo, hijo de Juanito y Luisa, de Baeza, y que fue secundada por el propio restaurante de su casa, "Juanito", y por la "Taberna del Alabardero", de Sevilla; "El Caballo Rojo", de Córdoba; "Restaurante Santiago", de Marbella y Málaga; "Ruta del Veleta", de Granada; "Mesón El Copo", de Málaga; "Terraza Carmona", de Vera (Almería); y "La Caseria de las Palmeras", de Jaén, que fue quien acogió el evento gastronómico solidario.
El dinero recaudado permitirá que entre quince y veinte niñas y niños saharauis se beneficien de un proyecto educativo según el cual realizarán sus estudios de secundaria en Jaén durante dos años. Esta iniciativa contempla también la posibilidad de que un futuro próximo se les pueda ofrecer una ayuda sanitaria efectiva

Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)