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Viernes, 26 de mayo de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
, sección "Pimienta molida", el viernes 26 de mayo de 2006)
Cuentan que en la antigua Grecia hubo quienes pleitearon ferozmente por sostener que la luna de Atenas era mejor y más luminosa que la de Éfeso, si bien es cierto que no faltaron atenienses que se burlaban de los conciudadanos que llevaban su desmedido amor propio hasta más allá de la estratosfera.
Fueron los franceses quienes le pusieron nombre a este fanatismo patrio, llamándolo “chauvinismo”, y ensalzando con ello la figura del soldado Nicolás Chauvín que vistió el uniforme gabacho en tiempos de la Revolución Francesa, de la I Republica y con Napoleón, a quien admiró fervientemente hasta después incluso de que cayera en desgracia con su pueblo y con su ejercito, no teniendo otro oficio ni beneficio que el de ensalzar de forma enfermiza y desmedida a su patria con todos sus patrioteros.
Hay quienes han considerado, “hispanochovinismos” aparte, lo estéril que fue que los españoles nos tomáramos tanto trabajo en combatir a los franceses durante la Guerra de la Independencia, cuyos fastos del bicentenario se preparan ya, para que después de toda la sangre y todo el quijotismo derramado acabáramos recibiendo al impresentable de Fernando VII al grito de “¡vivan las caenas!”.
El hecho es que en las últimas décadas hemos pasado del glorioso La, la, la de Massiel y de poner la mano para que Europa nos socorriera, a tener que rascarnos el bolsillo cada vez más para socorrer a los “nuevos” europeos que son ahora los que cortan el bacalao en el Festival de Eurovisión, relegando a los últimos lugares las canciones y el orgullo de los “intocables de la vieja Europa”. En esta última edición del festival eurovisivo si no son por los doce puntos de la hermanísima Andorra, y por los seis de la lejana Albania, nos venimos con un “cero patatero” para el baile de las sillas de las niñas del tomate. Tomen nota, a propósito de esto, nuestros paisanos olivareros, ahora que el olivo va dejando de ser patente de corso para ejercer de jaenero con la boca chica y europeo con el cazo grande. Las subvenciones del olivar se acabarán en poco más de seis años y no tendremos más remedio, entre lágrima y lágrima, que aprender solitos a vender el aceite a precios más competitivos y rentables.

Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)