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Domingo, 16 de abril de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en
, el domingo 16 de abril de 2006)
Fue el cineasta bilbaíno Víctor Erice quien en su película “El espíritu de la Colmena” (1973), nos contaba, a modo de leyenda subliminal de posguerra, la fascinación de una niña rural por la figura de Frankenstein. Todos, al fin y al cabo, vivimos atrapados por la colmena y su espíritu, que por un lado nos tiraniza con su sistema organizado, y por otro nos permite hacer de la imaginación la mejor solución para sobrevivir entre la geometría de sus celdillas hexagonales. También Camilo J. Cela en su novela “La Colmena”, llevada al cine en 1982 por Mario Camus, nos presentaba el complicado y perfecto puzzle de un grupo de personas que vive, pervive y sobrevive en el Madrid de 1942.
La colmena, sobre todo en épocas de crisis, es el paradigma del espíritu de solidaridad y colaboración, de cómo se apoyan unos a otros en un entorno que aparentemente se derrumba. Frente a él existe lo que bien puede llamarse el espíritu de la pocilga, de la zahúrda, o de la cochinera, dicho en el lenguaje que nos es más próximo. Los cerdos, a diferencia de las laboriosas abejas, viven una existencia feroz en la marranera. A mordiscos y hocicones defienden su comida y su rodal de podredumbre, compartiendo con sus congéneres sólo el lodazal y la inmundicia donde todos se revuelcan, y nunca mejor dicho, como marranos en un charco.
A las abejas, por el contrario, las une el afán de construir desde la perfección de sus panales, la utilidad de su cera y lo goloso de su miel. A los cerdos que comparten zahúrda y marranera los mantiene unidos, en una palabra, la mierda común con la que se embadurnan.
No se si la conexión antagónica entre ambos espíritus, el de la abejas y el de los gorrinos, es que la colmena produce cera que ilumina y miel que endulza, mientras que el espíritu de la pocilga hace del estiércol compartido la única causa común de una existencia colectiva. A los cerdos en la marranera los une la porquería que detestan, pero sin la cual perderían su identidad primera. Los chillidos del cerdo que va ser sacrificado, en definitiva, son acallados descaradamente por los gruñidos de complacencia de los integrantes de la pocilga en pleno, que prefieren vivir para engordar ajenos a una cruda y anodina realidad. De ahí que la miel de la colmena no se haya hecho para el hocico del cerdo en su pocilga.
Bien que lo dice don Quijote después de ser apaleado por los presos que él mismo libera: “Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar.”
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)