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Viernes, 31 de marzo de 2006
José María Suárez Gallego
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(Publicado en la sección “Pimienta molida” de La Voz de Linares, el 31 de marzo de 2006)
El título que encabeza hoy esta “pimienta molida” muy bien pudiera corresponder a una de las esperpénticas empresas que pululan por las divertidas aventuras de Mortadelo y Filemón: “Subcontratas y chapuzas, S.A.”
Pero no, tristemente no. A las que me refiero no son cosa de risa, ni de broma. Son, en pocas palabras, el santo y seña de una práctica, cada vez más extendida, según la cual se ejecutan unas obras públicas que son contratadas en nombre del pueblo y pagadas con dinero de él, y que suelen acabar siendo un despropósito colectivo más que el bien común que básicamente debe inspirarlas. Obras que después de lo interminables que se hacen, aguantan lo imprescindible para soportar la parafernalia de su inauguración, y pasados pocos días hacen aguas, se hunden o se agujerean.
Las subcontratas y sus inherentes chapuzas son la cuerda que sostiene la cometa en la que vuelan unas empresas dominantes --que son las que mejor cobran--, y de las que cuelgan en posición de subordinación otras económicamente más débiles que basan su capacidad competitiva en los recortes que efectúan en la prevención de riesgos laborales y en la calidad de los materiales usados, siendo sus pequeños empresarios y sus trabajadores, al fin y a la postre, los que acaban pagando los platos rotos cuando no resultan lo rentables que debieran, o simplemente se arruinan.
El Premio Nóbel José Saramago, que ejerce de “Pepito Grillo” en una sociedad donde cada vez más abundan los “Pinochos”, nos ha alertado que la democracia tal y como se concibe en estos tiempos es una falacia, pues el mundo globalizado está regido por las finanzas, y a los financieros no los elegimos el pueblo.
Cada dos por tres se nos exhorta a que digamos “no a esto, o no a aquello, y –sobre todo-- no en nuestro nombre”, y hora es ya que también vayamos planteándonos esta otra reivindicación: “No a las chapuzas de las subcontratas, y no con nuestro dinero”.
Tenemos asumido por ley de vida que el pez grande se acabe comiendo al chico, pero no a costa de sus impuestos --que son los nuestros----, y con la complicidad –voluntaria o por omisión-- de quienes tienen la responsabilidad de administrarlos. ¡Tiburones chapuceros, no gracias!
Por: ©José María Suárez Gallego | Artículos de prensa | Comentarios (0) | Referencias (0)