Descultura y desverdad

El Diccionario de la Real Academia Española nos define  la cultura, en su cuarta acepción, como el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social, etc.”

Pero no nos llamemos a engaño, el término cultura pese a que ennoblece el significado de las palabras que acompaña, a veces no es más que un maquillaje que  esconde todo lo contrario de lo que se pretende aparentar. Así, tras la parafernalia de la “cultura del reggaetón”, por poner un ejemplo, suelen esconderse más intolerantes y retrógrados que los que buscan su acomodo en el mundo de las camisas blancas y las corbatas de seda, más proclives a tener una mentalidad más carca y conservadora. Del mismo modo, la llamada “cultura del botellón”, aquella que tira por tierra las esencias de nuestra “cultura tabernaria”, lo que de verdad se esconde es una partida de desaprensivos que de forma descarada hacen su agosto vendiendo impunemente bebidas alcohólicas a menores desde una tiendecilla de chucherías abierta a todas horas. Curioso país el nuestro, tan poco dado a leer, en el que las disposiciones legislativas se exhiben en carteles con el ánimo de que se lean a sabiendas de que no van a ser cumplidas. De forma paradójica las administraciones públicas sancionan más, en realidad, no tener colgado el cartelito avisando que está prohibido vender bebidas alcohólicas y  tabaco a los menores de 16 años, que la circunstancia de que se las expendan. Esta inutilidad cartelaria fue llevada a la cumbre de los atentados a la libertad de expresión cuando antaño, en tiempos en los que no se consentía más cultura que la oficial, se pusieron en las tabernas aquellos demoledores carteles de “se prohíbe el cante”, elevando el Flamenco a la categoría antihigiénica del esputo, pues también estaba “prohibido escupir” y sobre todo “hablar con el conductor” en los autobuses.

Caso análogo ha ocurrido desde los años sesenta del pasado siglo en los que comenzó el desprestigio de la boina, con los carteles que propician la “cultura de la prevención de riesgos y seguridad en el trabajo” y que se exhiben en las obras avisando de que es “obligatorio el uso del casco”, cuando éste sólo se lo suelen poner los gerifaltes que las visitan con el único ánimo de salir en la foto –siempre ridícula, por cierto, pues a algunos les sienta el morrión protector como a san Efrén el Sirio una magnum parabellum de 9 milímetros colgándole del cíngulo de su santo hábito de doctor de la Iglesia–. Tras la “cultura de la solidaridad” también se esconde mucho bucanero al frente de algunas ONG fantasmas que hacen de las guerras, los terremotos, las inundaciones, los huracanes, el hambre, y la muerte que las desgracias colectivas siembran, un negocio rentable de la sensiblería popular. ¡Por supuesto que ONG honestas haberlas háylas, y a las más conocidas de todos me remito!

La “cultura olivarera” también está sujeta a la paradoja de la  “poscultura de la posverdad” que profesan los genios del “dame pan y dime tonto” que han sabido apropiarse del olivo y sus plusvalías dejando la cultura para los poetas, los historiadores, los cronistas, los periodistas cabales, los idealistas sin partido, los partidos sin pesebre, los pesebres sin alfalfa de los que dan el callo por su tierra sólo por amor al arte, y sobre todo para los que invertimos las mañanas de los domingos escribiendo paridas como ésta a modo de clamor inútil en un desierto paradójicamente poblado de olivos como gritos, que inconcebiblemente callan cuando cantan las chicharras de la descultura, neologismo para expresar el acto de fomentar el desaprendizaje desde la mentira que es la desverdad.

Con los avances tecnológicos de la información, la posverdad es todo aquello que parece verdad sin serlo, lo mismo que pasa con la poscultura. Hemos entrado de lleno en la era de la “descultura de la desverdad”, o  de la “poscultura de la posverdad”. La gran pegunta es cómo y en qué condiciones vamos a salir de ella.

(Publicado en Diario Jaén el viernes 27 de diciembre de 2025)

La ley del talión

Código de Hammurabi

Hay quien dijo que la vida es un festín de sapos, porque no hay día que no te tengas que comer uno. Los políticos en ejercicio saben de lo que les hablo. En mi caso el sapo me lo tomo justamente a la hora de la comida con el telediario emitiéndose.

            El sapo de lo que Israel está haciendo con los palestinos se atraganta desde el mismo comienzo de esta dramática historia. Es el código de Hammurabi, la ley del talión del ojo por ojo y diente por diente, la que se está aplicando aquí sin piedad. ¿Y la ONU qué hace, sirve para algo la ONU? ¿Quién respeta sus resoluciones? ¿Quién las hace cumplir? ¡Las guerras son el negocio de quien vende las armas¡ ¡Y los mayores vendedores de armas controlan la ONU!

            No nos queda otra alternativa que elegir entre justicia o venganza, resucitando el talión. 

La justicia y la venganza son conceptos que a menudo se confunden, pero tienen significados y propósitos muy diferentes, como es evidente.

La Justicia se refiere a la idea de dar a cada uno lo que le corresponde, basándose en principios de equidad y moralidad. Implica un proceso legal y ético donde se busca restaurar el orden y reparar el daño de manera imparcial. La justicia busca el bienestar de la sociedad y la reconciliación, promoviendo la paz y la armonía.

La Venganza, por su lado, es una respuesta emocional que busca castigar a alguien por un agravio o daño sufrido. A menudo se basa en el deseo de retribución personal y puede llevar a un ciclo de violencia y resentimiento. La venganza tiende a ser impulsiva y no considera el contexto o las consecuencias a largo plazo.

En resumidas cuentas, mientras que la justicia busca resolver conflictos de manera constructiva y equitativa, la venganza se centra en el deseo de infligir daño como respuesta a un agravio. Es importante reflexionar sobre estas diferencias, ya que optar por la justicia puede conducir a una resolución más positiva y duradera de los conflictos.

La justicia también se basa en principios legales y éticos que buscan proteger los derechos de todos los individuos. En un sistema justo, se considera la perspectiva de todas las partes involucradas y se busca un resultado que beneficie a la comunidad en su conjunto. Esto puede incluir la mediación, el diálogo y la reconciliación, en lugar de simplemente castigar

La venganza, en cambio, a menudo surge de emociones intensas como el dolor, la ira o la traición. Cuando alguien siente que ha sido agraviado, puede sentir la necesidad de «ajustar cuentas» de manera personal. Sin embargo, la venganza rara vez proporciona una verdadera satisfacción o cierre. En muchos casos, puede perpetuar un ciclo de violencia y resentimiento, ya que la persona que busca venganza puede convertirse en un nuevo agresor.

Resumiendo, la Justicia requiere de

Equidad: Asegurar que todos reciban un trato justo, sin favoritismos ni discriminaciones.

Restitución: Compensar a las víctimas y restaurar el daño causado.

Prevención: Disuadir futuros delitos mediante la aplicación de la ley.

Rehabilitación: Promover la reintegración de los delincuentes a la sociedad.

Los sistemas judiciales en diversas sociedades están diseñados para representar estos ideales, aunque en la práctica, pueden verse influenciados por factores sociales, económicos y políticos.

Mientras que la Venganza es una respuesta emocional y personal. Sus características incluyen:

Emocionalidad: La venganza está motivada por sentimientos de ira, dolor o humillación, lo que puede nublar el juicio.

Ciclo de violencia: La venganza puede perpetuar un ciclo de daño, generando más conflictos y resentimientos.

En definitiva, la justicia y la venganza pueden ser respuestas a una transgresión, pero mientras la justicia busca restablecer el equilibrio con una intención de paz y equidad, la venganza es una respuesta impulsiva y destructiva que, a menudo, termina generando más conflictos y sufrimiento.

            Tras cada palestino muerto surgirán desde el odio diez más. Ojo por ojo… hasta que todos nos quedemos tuertos o ciegos.

(Publicado en Diario Jaén el viernes 29 de noviembre de 2024)

Los referentes

En el verano de 1975, en pleno agosto, contaba yo con 22 años recién estrenados, nos dispusimos un grupo de andarines por Sierra Nevada a hacer la travesía desde Prado Llano hasta Trevélez pasando por la Carihuela del Veleta, haciendo noche en el antiguo refugio de Río Seco, y llegando a Trevélez dejándonos caer por las pendientes del Alto del Chorrillo.

            De todo el grupo yo era el más joven y el más novato, pero en él había expertos cuarentones y hasta un cincuentón del que aprendí bastante en aquella expedición de dos días de caminata. En nuestro ascenso hasta la Carihuela sobre aquel camino de piedras de pizarra que me recordaban a lo que uno imaginaba que eran las piedras lunares, bajo el sol de agosto y a tres mil metros de altitud, uno veía que a ambos lados del camino había troncos de chopo seco espaciados varios metros que delimitaban los márgenes del camino marcando los bordes de los precipicios laterales.

            Mi ignorancia me hizo preguntar para qué valían aquellos palos.

Son los referentes, muchacho –me contestó el más veterano— para saber por dónde va el camino cuando nieva y evitarte caer por un precipicio de nieve blanda. No olvides –continuó diciéndome–. que en la vida es muy importante saber cuales son los referentes para no acabar despeñándote por los precipicios que no ves junto al camino de la vida.

Felizmente llegamos a Trevélez al día siguiente después de bajar los 1.500 metros de pendiente pronunciada del Alto del Chorrillo. Con los pies para el arrastre, pero con el macuto del alma cargado de la metáfora de los referentes.

Años después, ya poblado de canas y con casi todos los caminos hechos, recuerdo la importancia de saber ubicar los referentes en todo cuanto uno hace.

El rigor del conocimiento, en modo alguno, debe confundirse con el saber encorsetado de los petulantes, aludidos con tanto acierto por Cervantes en boca de don Quijote: “que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.”

La cultura tradicional, que marca los referentes de identidad de un determinado pueblo, sí importa al entendimiento y a la memoria porque es parte esencial de ambos, como ya ponía de manifiesto Platón en su Teoría de la Reminiscencia: “Scire est reminisci”, saber es recordar. ¡Y qué próximo está saber de sabor, a un tiro de vocal en una misma constelación de consonantes!

Con los años no perdemos la memoria gustativa que nos permite recordar la cocina de nuestras abuelas, pero si la capacidad de percibir los sabores y los olores, que nos niega el poder revivirla, pero no el de recrearla.

Cada plato elaborado es una oportunidad que le damos al instinto de felicidad que nos alberga como el huésped amable y bonachón de las antiguas pensiones “de vida en familia”; una vivencia única, irrepetible, sólo recuperable del tiempo a través de la memoria humana, es decir, mediante una acción intelectual y voluntaria que, afortunadamente, nos hace poner en su sitio a tantísimo artefacto que en una absurda guerra de lo inerte nos han sido dados para hacernos meros espectadores de nuestra propia vida.

La alimentación humana es una realidad diversa, pero no exenta de una paradoja que la sostiene: Irremisiblemente siempre es igual y sorprendentemente siempre es distinta, porque no hay dos platos que partiendo de la misma receta y con los mismos ingredientes lleguen a culminar los mismos sabores, los mismos olores y las mismas texturas. Hay un ingrediente primordial: el amor, único camino seguro para llegar a todo corazón, que diría Concepción Arenal. Y cuando al corazón se quiere llegar a través del estómago, hay que recurrir a la cocina dejada “hacer a su amor”, relatada a pie de fogón por todas las abuelas que han sido, son y seguirán siendo, para bien de una especie que comenzó a ser sapiens precisamente cuando aprendió a cocinar, a hablar de lo que comía y a reírse de lo que decía. Sin lugar a dudas el primer referente es el amor, y en las cosas del comer, también.

(Pubñicado en Diario Jaén el viernes 1 de noviembre de 2024)

José María Suárez Gallego

Gastromanía y catarsis

Secuencia de la pelicula «2001: Una odiesa del espacio» de Stanley Kübrick (1968)

Mucho me temo que Stanley Kübrick, cuando pasó a treinta y cinco milímetros la epístola sideral de A.C. Clarke, «2001: Una Odisea del Espacio», no se planteó que el hombre antes de ser un vulgar engullidor de hamburguesas en Nueva York –su ciudad natal, por cierto–, ya mojaba pan en aceite, de oliva por supuesto, y le escudriñaba los secretos al vino frente al Mediterráneo intentando adivinar la geometría de la inmensidad del horizonte. Que, oye tú, aquí hay materia como para realizar una tesis «aptocumlaude» en la universidad.

El hecho es, qué quieres que te diga, que si Stanley Kübrick –el de «Lolita» y la «Naranja Mecánica»–, imaginó que nuestro hermanastro el mono ascendió a la división de «homo sapiens» lanzando un hueso a los aires a los sones de «Así habló Zaratustra», convirtiéndolo por arte de birlibirloque en una nave espacial, con ordenador librepensante y homicida incorporado, es porque no conoció, ni gozó, las excelencias de una sociedad gastronómica de las que pisan nuestro suelo patrio

Pretendo decir que Stanley Kübrick, si hubiera tenido la suerte de pertenecer a una sociedad gastronómica, de esas que hacen del queso Olavidia, el paté de perdiz y los pasteles de Guarromán, por poner un ejemplo de la rica cocina de Jaén –a fin de cuentas, nos quitarán los trenes, nos ningunearán en todos los presupuestos, pero acabaremos haciendo la revolución sempiternamente pendiente de Jaén por Jaén a fuerza de cacerolas y cucharas, aunque sean de palo–. Pretendo decir, repito, que, si a Stanley Kübrick le hubiera ido esto del comer bien, tertulia incorporada –a pesar de todo también nos queda la palabra–, la escena del mono tirando el hueso a los cielos, la hubiera cambiado por el mono voluntarioso haciendo rodar una mesa cuesta abajo. El hombre, descubierta la forma de hacer el fuego, inventó la cocina, con ella vino la mesa redonda, y puestos todos alrededor nació la tertulia. Echada la mesa a rodar, ¡vete a saber por qué dimes y diretes!  nació la rueda, y con ella todo lo que para bien o para mal hoy llamamos civilización occidental.

Nunca como en las épocas de crisis, sobre todo si son éticas, prolifera el gusto por el buen comer. El sibaritismo más refinado. La «gastromanía» como sublimación del hombre que añora el mono que fue anteayer mismo, como quien dice, cuando echada una mesa a rodar se convirtió en la rueda que mueve nuestro ir y venir por los tiempos y las culturas.

En fin, una señal inequívoca de que vivimos tiempos de crisis ético sociales y recurrimos a los manteles y las perolas como la última oportunidad de acudir a la catarsis purificadora a través del lujo que renace de las cenizas de los propios fracasos, como si del reflejo de un desnivel social nunca colmado y satisfecho, se tratara.

No sé por qué, pero siempre me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que Jesucristo, para instituir el vértice donde pivota todo su mensaje humanista, se reuniera a cenar con sus amigos efectuando el más sobrecogedor de los brindis que haya conocido la Historia: “¡Para que os améis los unos a los otros!” No ha de sorprendernos, tampoco, que el primer milagro de quien «anduvo en la mar», en el sentido más machadiano, consistiera en convertir el agua en vino a petición de su madre, ¡ahí es nada¡, y que el prodigio más sonado, cuantitativamente hablando, fuera llenar cientos de cestas de panes y peces en una gran comida colectiva, preludio de nuestras romerías.

Y es que al hombre y a su hermanastro el mono, desde que el mundo es mundo, se les gana con el condumio. Tal vez sea por ello por lo que hay tantos estómagos agradecidos apuntados a la sopa boba conformista del a-mí-que-me-dejen-en-paz, haciéndoles cortes de manga a la realidad evidente, y esperando a que se eche a rodar la mesa y volvamos a reinventar la rueda, y con ella reinventarnos a nosotros mismos, lo cual, dicho sea de paso, tanta falta nos va haciendo para no acabar comiéndonos los unos a los otros.

(Publicado en Diario Jaén el viernes 6 de septiembre de 2024)

La sartén y la patria

Oí decir en cierta ocasión que no se es de donde se nace, sino del lugar en el que hicimos el Bachiller, tal vez porque el corazón guarde en un lugar más íntimo y discreto la luz que nos alumbró aquella edad en la que no tuvimos otra patria que la que puso sus fronteras allí donde un primer beso inundó nuestros labios, tiempos aquellos en los que soñamos un primer amor, amamos un primer sueño, y escribimos unos primeros versos en los ojos donde se acunaron todas nuestras miradas, con las manos, las más abiertas de nuestro cuerpo, que acariciaron en la estrechez de un abrazo toda la inmensidad del Universo. Es la época, nunca olvidada, en la que en el primer paquete de cigarrillos anotamos las coordenadas de un mundo menos puñetero.

Bien es cierto que nada más nacer nos abofetean las nalgas con la aviesa intención de arrancarnos las lágrimas que certifiquen que estamos vivos, pero es en los años del Bachiller cuando aprendemos a tragarnos la rabia envuelta en nudos de garganta frente a la bofetada injusta que nos refrenda que pertenecemos a la vida con todas sus consecuencias y todas sus negligencias. ¡Benditos los pertinaces que se niegan a aprender en cabeza ajena reivindicando su derecho a equivocarse, pues ellos acabaran sabiendo cómo apretarse al alba el nudo de la corbata de ganarse el pan de cada día, el amor de los sábados y el vino de los domingos, sin que se les estrangule el gaznate donde la hiel destila gritos!

Hace años, concretamente el último del pasado siglo, en la inauguración de curso del I.E.S. Huarte de San Juan, de Linares, –patria adolescente de mis dos hijos–, un Alfonso Guerra en mangas de camisa, desde su estigma de fiera maldita, desde el eco del aullido del lobo estepario, desde el morbo que acarrea oír en vivo y en directo a una lengua trenzada con venas de látigo, habló de Antonio Machado a los hijos de aquellos que en 1976 no pudieron escucharlo por orden gubernativa, y recitó, veintitrés años después, los versos de don Antonio, los de amor, los de muerte, alguno inédito surgido del requiebro que el aire le hace a los abanicos, o aquel otro que el poeta del torpe aliño indumentario dedicara a Giner de los Ríos –su maestro y padre de la Institución Libre de Enseñanza–: “Hacedme / un duelo de labores y esperanzas”… y no dejéis marchitar la patria donde la reja del arado clava en la desnuda tierra su lanza de futuro. Quien más o quien menos guarda un Colliure apátrida, sepultura de Machado, donde el puño del político puñetero sigue exiliando la rosa del poeta. Sigamos, pues, el proverbio machadiano: “Que se divida el trabajo: / los malos unten la flecha; / los buenos tiendan el arco”. Y el que esté libre de pecado que lance sus últimos versos y, a ser posible, se trague la primera piedra. “Más [por si acaso] busca en tu espejo al otro, / al otro que va contigo” y confíale en qué boca abandonaste los labios de tus besos primeros y en qué bolsillo de aquella vieja trenca olvidaste las manos que un día acariciaron la desnudez de tus sueños imposibles.

A estas alturas de la Historia no sé, a ciencia cierta, quien puso más en las entretelas de lo que somos como pueblo, de este pueblo que ya suele llamarse España sólo cuando juega la selección de fútbol, y Estado Español cuando hablan los cien mil hijos de san Arzallus o san Pujol, pero pueblo, a fin de cuentas, al que han aportado sus sangres los moros, los judíos y los cristianos, y del que hemos mamado sus leches –las buenas y las malas– todos los híbridos que en España somos.

Los nacionalismos siguen en auge, el auge rentable del dame pan, y sobre todo dame «pelas», y dime tonto, que diría el ínclito don Jordi en un acto inusitado de sinceridad política frente a don Aznar. Se trata, en suma, de que a cuenta de uno o varios hechos diferenciales de tal o cual enjundia histórica-cultural, todos los «estadoespañolenses» pongamos más «tela» en las carteras de unos cuantos que pueden enarbolar el mango de la sartén. ¡Siempre ha sido así!

(Publicado en Diario Jaén el viernes 9 de agosto de 2024)

50 años con jazmín

Leí el pasado viernes en estas páginas el emotivo artículo que mi entrañable amigo y compañero de Orden de la Cuchara de Palo, Paco Casas, le dedicó a su mujer, María, con motivo de sus bodas de oro.

            Cumplir etapas es inevitable cuando se vive y se tiene la suerte de permanecer vivo, y poder reflexionar ante tal hecho. Este mes de julio, concretamente el día 24, conmemoro el medio siglo desde que pisé por primera vez Guarromán. ¡Y aquí sigo! Y como suele decir mi buen amigo y colega cronista oficial, Antonio Garrido ¡Y aquí resisto!

Durante estos cincuenta años, he aprendido mucho de la inmensa mayoría de mis paisanos adoptivos, sobre  todo a sentir desde el sano orgullo el poder llamarlos paisanos. Hay, como en todo, nada es completamente idílico, algunos que afortunadamente son minoría, de los que también he aprendido, sobre todo a no ser como ellos. No hay por tanto un solo guarromanense del que no haya aprendido algo bueno en estos años.

Aquellos, mis primeros días en Guarromán de hacen cinco décadas, se celebraban las Fiestas del Olivar. Conocí a los que habrían de ser mis suegros, y ellos me conocieron a mí, lógicamente. Me quedé maravillado del esplendido jazmín que crecía en un patio florido que cuidaba con mucho amor y dedicación la que habría de ser mi suegra. Me dijo que aquel jazmín lo plantó el que habría de ser mi suegro con motivo del nacimiento de su hija, mi novia entonces y hoy mi mujer.

Al día siguiente de mi llegada, por la mañana, en aquel patio de flores, planté  a un escaso metro y por acodo una de las largas ramas que salían de aquel jazmín. Medio siglo después aquella ramita se ha hecho un tronco que compite con el primitivo que este mes cumple 70 años. ¡Y resiste!

Los avatares del destino quisieron que en 1981 viviera de forma permanente en Guarromán, y que aquella casa de mis suegros pudiera comprarla en 1984, donde ahora resido y resisto junto a los dos troncos de ambos jazmines, cuyo perfume disfruto cada atardecer como un regalo. ¡He podido saber a qué huele el tiempo que nos pasa  o por el cual pasamos! ¡Huele a jazmín!

No se trata de dejar constancia de lo que haya hecho de bien aquí en estos cincuenta años. Le dejo esa encomienda al cronista oficial de Guarromán que me suceda, si así lo quiere.

Llega un día en el que, sin saber por qué, uno toma conciencia de que lo que hasta ahora había sido escalar el puerto que te llevó a las canas, casi sin sentir y sin la necesidad de culear sobre los pedales, una vez culminado, se vuelve cuesta abajo y ruedas a la velocidad precisa en la que el miedo a sentir miedo te hace dar unos leves toques a los frenos con el disimulo y el sigilo del que nunca ha roto un plato.

La caída por esa cuesta es imparable. El sabor de la llamada del tiempo ya es ineludible. Cuando lo has probado es inevitable que cada mañana te levantes con un regusto último a ausencias irresolubles. Los sabores se aprecian o se desprecian, pero no se llega a comprenderlos jamás. Es el Destino, te dicen, pero piensas que sería una putada –no tiene otro nombre– caerte de la bicicleta vital en este preciso momento cuando ya te has enterado de hacia dónde corres.

Es cuando tomas conciencia de que es el momento de “desambiocionar”, de ser consciente de que muchas cosas que has ambicionado en la vida no han servido para hacerla más viva en ti. Llega el momento de decir que no cuando es que no, y saber no estar dónde y cuándo no vale la pena estar. El día que descubres que estás catalogado como prescindible descubres el valor que tienes para los que no lo eres. Ya me lo decía mi contertulio El Caliche: Si quieres saber quién es alguien, fíjate en cómo te trata cuándo ya no te necesita.

Me quedo con una reflexión de Schopenhauer: «No hay mayor consuelo en la vejez que la certeza de haber invertido toda la energía de la juventud en obras que no envejecen con uno».

Gracias a Juana María, mi mujer, de la que aprendo cada día a ser mejor persona y guarromanense de lo que lo era ayer a esta misma hora, bajo el aroma de un jazmín.

José María Suárez Gallego

(Artículo publicado hoy viernes, 11 de julio de 2024 en Diario JAÉN)

Esclavina roja y manta verdeoliva

Última foto de Miguel Picazo

(Artículo que publiqué en Diario Jaén el 25 de abril de 2016 después de la muerte del recordado cineasta Miguel Picazo)

Recuerdo los años mozos universitarios en Granada cuando los sábados se preñaban de cineclub. Reconozco que pertenezco a una generación que desplegó entonces todas las banderas con las manos más abiertas de nuestro cuerpo, banderas que con el tiempo nos hemos ido metiendo en “el ojo sin niña” que decía el maestro Quevedo.

Uno asume que de mayor quiso ser “imposible”. Esto es, me explico: En el fondo quise ser todo aquello a lo que uno llega a ser para seguir siendo un sueño cotidiano. Por eso siempre he admirado a los que han sabido ser libres sin licencias, grandes sin orgullo, humildes sin bajezas y firmes a la vez que flexibles.

En 1977 se me presentó la oportunidad de participar como figurante en una película: “El hombre que supo amar”, dirigida por Miguel Picazo y que versaba sobre la vida de San Juan de Dios en Granada. Me asignaron el papel de oficial de la “policía” de la Inquisición, y como tal debía sujetar y golpear a Timothy Dalton, que hacía de San Juan de Dios, cuando trataba de impedir el desalojo de un hospital no bien visto por el médico de los Reyes Católicos.

El cine es ficción, pero como decía Orson Welle, “Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta”. La poesía nunca ha sido ficción porque duele, y a veces mucho.

El pasado sábado, cuando se conmemoraba el IV Centenario de la Muerte de Cervantes, la Orden de la Cuchara de Palo quiso homenajear a las antiguas ventas cervantinas del camino real que unía Sevilla con Madrid, personalizadas en el Hotel Yuma de Guarromán. Venta del siglo XXI con el espíritu del siglo XVII quijotesco y del siglo XVIII ilustrado. Para ello volvimos a invitar al comendador Miguel Picazo, que de vez en cuando rescatábamos como gastrónomo empedernido desde su residencia en Cazorla, para hablar de cine, de sociedad, del presente y del futuro. La gente grande cuando llega a mayor solo quiere que la quieran.

Fellini lo dijo: No hay un principio ni un final. Sólo la pasión por vivir. Y ello lo corroboré en las muchas tardes en las que acompañé las estancias del maestro Miguel Picazo en Guarromán en las que hablábamos de la sencillez de ser grande. El sábado llegó ilusionado desde su residencia de Cazorla al 104 capítulo de la Cuchara de Palo. Comió con nosotros, hablamos de Cervantes, y en un momento decidió que volvía a Cazorla, cansado.

¿Cómo está? le dije. Y desde el brillo de sus ojos me contestó: “Feliz, feliz. Contento de estar con mis amigos”. Fui el último de quien se despidió. La esclavina roja de la Orden de la Cuchara de Palo, y la manta color verde oliva de sus fríos primaverales, fueron la investidura de su mortaja giennense. Escribo ahora desde la emoción de haberlo visto morir, pero no para siempre. Y me repito sobre él: Supo ser libre sin licencias, grande sin orgullo, humilde sin bajezas y firme a la vez que flexible.

Tu copa entre nosotros siempre estará llena, maestro. ¡Solo los grandes saben irse a lo grande sin hacer ruido! Enarbolo tu manta verde olivo del frío de abril como una bandera de los ojos con la niña de mis lágrimas.

José María Suárez Gallego

Calidad y cantidad

Artículo publicado en el Diario Jaén el viernes 19 de abril de 2024

Parece ser que el paso evolutivo de un primate antecesor al “homo sapiens” se llevó a cabo en el momento en el que un mono ancestral aprendió a hablar,  a reír y a cocinar lo que se comía. Precisamente las tres cosas que hacen agradable una feliz sobremesa. Es el fundamento de las sociedades, cofradías y asociaciones gastronómicas: La gastronomía como experiencia de sociabilidad y cultura, en la que lo más importante no es lo que se come sino con quien se comparte. Estas instituciones gastronómicas surgidas de la cultura popular no hacen otra cosa que elevar al nivel de Cultura, con mayúscula, la necesidad humana de tener que comer al menos tres veces al día, pero en compañía.

En 1983 varios descendientes de los colonos de Pablo de Olavide comenzamos a reunirnos el 24 de diciembre para comer juntos, como ya lo hicieron aquellos pobladores del siglo XVIII traídos a Sierra Morena por Carlos III. Nació lo que acabaría siendo formalmente la Muy Ilustre y Noble Orden de Caballeros de la Cuchara de Palo, y se instituyeron los premios que llevan su nombre (33 ediciones ya) para galardonar a aquellas personalidades e instituciones que se hayan distinguido por propugnar la concordia de los pueblos a través de la cultura gastronómica.

Y al hilo de las asociaciones gastronómicas cabe preguntarse cuál es el número adecuado de comensales que han de sentarse juntos a compartir una comida y su tertulia. Y ciertamente no es fácil dar una respuesta, aunque la más sorprendente que he oído es la que se suele dar en el mundo del Flamenco: «Deben estar los cabales«, que es lo mismo que dejar la pregunta sin contestar y sujeta a las circunstancias del momento: «Deben estar los que tienen que estar«, es decir: Los cabales. Ni uno más ni uno menos. Y no deja de ser curioso que de lo primero que es sinónimo cabal es de justo, pero también de aquello que es excelente en su clase y en su género. Por tanto, para el mundo del Flamenco, en una reunión, incluidas las que tienen por herramientas la cuchara y el tenedor, deben estar todos aquellos que como el tradicional «Antón pirulero» tengan juego que hacer y que dar: Unos poniéndole voz al sentimiento del cante, otros bordando notas en la guitarra, otros jaleando al personal, y los más derrochando la armonía de sus silencios.

            Esta misma pregunta se la hicieron también tanto los hijos de la Roma Imperial, como los griegos de la culta Atenas, movidos por la preocupación de llevar su esmerada perfección al arte de comer juntos, pero no revueltos, y ellos, tanto unos como otros, llegaron a la conclusión de que el número óptimo era aquel que superaba el número de las Gracias, pero no pasaba el de las Musas. Es decir, entre tres que son las gracias, y nueve que son las musas. O lo que es lo mismo, entre tres y tres veces tres.

            Los viejos mitos y el peculiar juego del número óptimo de comensales, vienen a poner de manifiesto los temas de conversación más propicios para acompañar una buena comida, en la que  la política, la religión y el forofismo deportivo, desde siempre, según se ve, han brillado por su ausencia, a pesar de las olimpiadas de entonces, las de la vieja Olimpia, la lucha greco-romana, las carreras de cuadrigas, los bravos gladiadores, las movidas del Senado Romano y el culebrón sentimental de los dioses del Olimpo. No ocurre así con el planeta taurino, que desde el lejano y antañón Minotauro y aquellos acróbatas cretenses que saltaban sobre los cuernos del toro, parece estar tocado por la musa de las tres Gracias y la gracia de las nueve Musas, como corresponde a todo arte tenido por grande

            Esta misma pregunta fue contestada en las postrimerías del siglo XIX por el marqués de Valdeiglesias, director del periódico La Época, quien nos dejó escrita la siguiente receta para lograr una buena comida en todos sus aspectos: «Pocos platos, pero bien hechos, y pocas personas, pero bien avenidas. Convidados que paguen en ingenio la hospitalidad que reciben, porque a la gente no se le convida a comer para que esté callada